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El hombre en busca de sentido pelicula

Frankl reconoció a Haddon Klingberg, otro de sus biógrafos, que en la juventud sufrió una larga crisis de nihilismo existencial y que no en todas las temporadas de su vida vivió de acuerdo a sus principios.

Así se gestó “El hombre en busca de sentido”

Los internos, como fruto del shock del internamiento, miraban a la muerte con un cierto desdén, con un horror atenuado y soportable: Extenuados, consumidos, harapientos, atestados de piojos, con edemas, ateridos de frío, enfermos, con hambruna… Esas circunstancias explican y disculpas ciertos comportamientos que Frankl narra con una sinceridad desgarradora: En Kaufering, no me desnudé. En invierno, también dormíamos sobre el frío suelo con los zapatos puestos, sobre el piso de los barracones.

No tenía tiempo para ir a las letrinas, así que solía orinarme encima de la ropa y aprovechaba el calor que aquello me proporcionaba después de haber trabajado en el exterior, donde hacía un frío terrible. Incluso en la cola del rancho me orinaba encima como si escupiera en el té caliente…. También cuenta que en el campo de Kaufering III le canjeó un cigarrillo por una sopa aguada —pero con aroma a caldo— a su amigo Benscher, futuro actor de televisión.

Mientras la tomaba a sorbos, me hablaba insistentemente, tratando de convencerme de que superara el estado de pesimismo que padecía en esa época. De nuevo la desesperanza, con la muerte como escape, inundó el psiquismo de Frankl… y, tiempo después, reconoce que Benscher, en aquella ocasión, le salvó la vida. Y otra vez se sobrepuso. Lo recoge en Raisons de vivre: Durante el invierno y la primavera de se produjo un brote de tifus que afectó a casi todos los prisioneros […] Algunos de los síntomas de la enfermedad eran muy desagradables: Durante horas redactaba discursos mentales.

Fueron dieciséis noches de fiebre, en vela. Y la liberación llegó el veintisiete de abril de Pero con la ansiada liberación no finalizaron los sufrimientos. Pocos días después confirma su descorazonada sospecha: La amarga añoranza de su mujer despertó en Viktor Frankl otro inhumano recuerdo: Fue forzada a abortar.

Antes de consumarse el aborto, su mujer y él, decidieron dar nombre a la criatura: La delicada salud y el agotamiento psíquico malamente soportaron la cruda realidad y los sombríos recuerdos. Hasta agosto no llegó a Viena. Con un sencillo balance la situación se presentaba desoladora: La soledad, con su sombría pesadumbre. Le atacó, de nuevo, la insidiosa desesperanza…. Fue a desahogarse con su amigo y vecino Paul Polak.

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Con él, al contar la muerte de sus padres y de su esposa, la pena contenida se desbordó y lloró y lloró, durante interminables horas. Tuchmann, con realismo, les advirtió que las posibilidades eran escasas; no obstante, prometió tomarse el asunto con todo interés. A pesar de todo, decide posponer cualquier decisión personal hasta terminar el libro que intentó reescribir en Auschwitz. Frankl lo había olvidado. Tuchmann le ofreció un puesto de neurólogo, inicialmente provisional, que le procuró los recursos mínimos para alquilar una habitación y sobrevivir decorosamente.

También conoció a Eleonore Katharina Schawindt, una enfermera de ojos vivarachos y de una dulzura engatusante. En definitiva, Frankl recobraba, pausadamente, vigor físico y psíquico, e ilusión.


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Conviene retratar la escena. Debemos retroceder a una Viena sumida en la pobreza y afanada en la tarea de la reconstrucción diciembre de Frankl vive en una habitación con unos pocos muebles cochambrosillos, luz escasa, y con las ventanas cerradas con tablones, a falta de cristales. De tanto en tanto, rendido y conmovido, se sienta en una silla y llora…; las secretarias respetan discretamente aquella irrefrenable erupción de emociones y sufrimientos.

En nueve días la obra estaba concluida. En esos días limpió de su intimidad la menor gota de rencor o resentimiento. La historia de ese libro es sorprendente y apasionante. Apareció por primera vez en con el título Ein Psychologe erlebt das Konzentrationslager Un psicólogo en un campo de concentración. La primera edición, de pocos ejemplares, se vendió con soltura. A tenor de las ventas enseguida se publicó una segunda edición; pero esta vez no obtuvo el eco esperado y la mayoría de los ejemplares acabaron en saldos o en la guillotina.

Frankl habló con su editor, Deuticke, sobre ese sonoro fracaso. En se publicó una primera edición de mil ejemplares; cien se destinaron a reseñas y, por tanto, solo salieron a la venta novecientos ejemplares. En un primer momento no tuvo éxito comercial, pero se ve que a los lectores les gustó el libro y ellos mismos lo promocionaron boca a boca. El comportamiento del libro cambió de signo y encontró lectores de forma paulatinamente arrolladora. El éxito de esta edición fue deslumbrante: Lo recuerda Frankl: A partir de ese momento se consumó como un rutilante éxito editorial, en cerca de treinta idiomas.

La historia de este libro es paradójica y ejemplarizante sobre la relatividad del éxito: Una opinión similar ya había sido aventurada por el profesor Allport en el prólogo de aquella primera exitosa edición: En realidad, para un intelectual, El hombre en busca de sentido es un libro capaz de colmar la obra de una vida y labrarle una hornacina en la galería de la historia. La apasionante trayectoria del libro me distrajo de la no menos apasionante vida de su autor.

Retomo el hilo. Lo abandonamos en aquella maltrecha habitación en la que dictaba El hombre en busca de sentido en diciembre de Por mediación del doctor Tuchmann recomienza su actividad profesional en la sección de neurología del Policlínico. A partir de la década de los cincuenta, la actividad y el prestigio profesional de Viktor Frankl en Austria, y en Centroeuropa, crece de manera gradual y paulatina. Ese clima de figura controvertida apoyó la notoriedad que adquirió su docencia en Psiquiatría y Neurología en la Universidad de Viena.

Esa explosión de su figura se debe, entre otros factores, al seminario que impartió en la Universidad de Harvard , aceptando la invitación del profesor Gordon W. Allport, sobre los fundamentos antropológicos y la técnica clínica de la Logoterapia. El proceso de la invitación a ese seminario esconde una historia de amistad sincera.

El hombre en busca de Dios

Frankl tenía por costumbre, en deferencia a su antigua amistad y magisterio, enviar un ejemplar de todas sus publicaciones a Rudolf Allers, exiliado en Estados Unidos. Sin embargo, remitía esas publicaciones al profesor Allport, que en aquellos momentos gozaba de un inestimable prestigio nacional e internacional. Aquel seminario significó un punto de inflexión en la difusión del pensamiento y las obras de Viktor Frankl. Por sus aportaciones psicológicas y su bien ganada fama de orador profundo y ameno, se convierte en un conferenciante reclamado en todos los continentes y en diversidad de foros.

A partir de esa época los datos documentados de su currículo resultan abrumadores: Y como la vida da muchas vueltas, con el tiempo Frankl logró un encumbrado reconocimiento profesional, a pesar de perder, por piedad filial, aquella ventajosa ocasión para emigrar a Estados Unidos.

Él mismo reconoce el valor de aquella encrucijada asentida: Y así llegué a Auschwitz. También su vida pudo quedar desbaratada en cualquier rincón de cualquier campo, pero aun así supondría un buen salario existencial como recompensa del cumplimiento de los deberes de hijo. Frankl suele contar la historia de Janusz Korczak, el doctor polaco que dirigía un orfanato en Varsovia.

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En deportaron a sus huérfanos [judíos] al campo de Treblinka, y a Korczak le ofrecieron la opción de quedarse. Desestimó la oferta y subió al tren que los deportaba, con dos pequeños huérfanos en sus brazos mientras les contaba historias alegres. La reclusión para Frankl en el fondo fue de utilidad, porque en sus momentos de soledad se auto-evaluó para ver qué cosas había hecho bien y otras mal en su vida. Él apreciaba cada momento de encierro para meditar y encontrar a Dios, a quien suplicaba cuidar a toda su familia a la que tanto extrañó en el claustro.

El hecho que Frankl consolara a otros de sus prisioneros, lo hacía sentir bien consigo mismo.

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De la misma forma, cuando fue asistente de la cocina, procuró en llevarles pan a escondidas de los soldados para que ellos se alimentaran y por consiguiente, recuperar las fuerzas que parecían perdidas. Frankl conservó su espíritu por siempre en el encierro, porque a pesar de haber sido sobajado en el principio, siempre conservó su dignidad intacta.

Otras lecciones que aprendió Frankl en el campo de concentración es que nadie puede escapar ni del sufrimiento y tampoco de su destino, ya que son dos cosas inexorables y forman parte de la vida misma. Toda la hostilidad sufrida en Auschwitz le sirvió para mantenerse de pie sin dar placer a los prisioneros capos o a los soldados de verle derrotado y con su vida pendiendo de un hilo. Gracias a ello superó esas etapas y ascendió en el lugar para optar a otras opciones de vida.

El sentido para Frankl fue su espiritualidad, sus constantes reflexiones en el encierro, para así soportar todo lo que deparaba el futuro para él. Hace una descripción de un sentimiento que es superior a la alegría o felicidad de saberse libre, volver a ver a su familia después de mucho tiempo. Frankl intervino para aclarar al hombre que la sensación experimentada es una especie de sueño irreal. La amargura embargó los corazones de aquellos prisioneros que fueron liberados. Cabe recordar que Viktor Frankl fue un importante psiquiatra que nos enseñó que a pesar de estar privado de libertad en los campos de concentración, siempre mantendremos una libertad que es igual de importante: Gracias a la libertad espiritual que obtuvo Frankl en el encierro, pudo lograr una mejor satisfacción como ser humano, porque despertó su sentido altruista al apoyar al resto de los prisioneros en el campo de concentración en Auschwitz.

De la misma manera, estableció dos tipos de prisioneros: Para ellos ya se asignaron tareas específicas que requerían de fuerza y gallardía a la hora de efectuarlas. Algunos de esos hombres optaron por una muerte sin mucho sufrimiento antes que ser sometidos por los capos o los soldados, sin descubrir su propia existencia en la tierra. Para combatir la soledad y el dolor por haber perdido toda una vida, la mejor solución que encontró Viktor Frankl fue aislarse completamente, aprovechar cada momento de soledad para reflexionar sobre su vida.

Se dio cuenta que mediante la apatía, logró contener esos deseos suicidas de terminar con todo en el paredón eléctrico. Aunque los prisioneros verbalizaron que son libres, en el fondo de sus vidas no estaban contentos, no tenía sentido alguno salir del campo de concentración a las calles. El cuerpo de los prisioneros sabía muy bien lo que implicaba su libertad, pero sus mentes permanecieron encerradas, amargadas por tanto maltrato físico y psicológico.

La propuesta surgió al inicio de , con la finalidad de refrescar la mente de sus lectores con una pulcra adaptación de su libro. El casting y la pre-producción comenzaron en el primer trimestre de Los semblantes cambiaron cuando los prisioneros observaron a lo lejos el campo de concentración en Auschwits. Una serie de eventos desafortunados hicieron que Viktor Frankl sacara a flote su libertad espiritual, para así sobrellevar el tiempo en que permaneció cautivo en el claustro del campo.

Ayudó a muchos prisioneros a encontrar su espiritualidad y así suprimir de sus mentes los pensamientos suicidas.

"El hombre en busca de sentido": el horror del nazismo

Otra película muy exitosa fue la adaptación de La guerra y la paz , historia protagonizada por Pierre y Natalia, escrita por el majestuoso Tolstoi. No obstante, Frankl es un ejemplo a seguir, ante la perseverancia de sobrevivir al ambiente nazi lleno de crueldad y maltrato, tanto físico, como psicológico y moral.

En los momentos de su aislamiento encontró las herramientas para afrontar la hostilidad que representó su estadia en los campos de concentración. Frankl mantuvo lazos de amistad con un prisionero que viajó con él. Su aparición en el texto es bastante corta, porque fue sacrificado al formar parte de la fila izquierda de la entrada al campo de concentración. El esfuerzo espiritual permitió que Frankl sea menos maltratado por los capos, así como también ocuparse en otros oficios menos rudimentarios, como asistente de cocina o atender a los enfermos.

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